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A este material me lo envió uno de los tantos hermanos en Cristo que aportan a nuestro trabajo enviando todo lo que les parece positivo. Si estás perfectamente contento con “tu iglesia” y te preguntas de qué trata todo esto, entonces, POR FAVOR, NO LEAS ESTE LIBRO… PORQUE NO SE ESCRIBIÓ PARA TI. Peter Whyte

PREFACIO

La Cristiandad, como la hemos conocido, está en un proceso de división y desmoronamiento. La Iglesia se divide multiplicadamente a diario. Los miembros dejan una iglesia, se unen a otro grupo, y poco tiempo después encuentran que, dentro de sí mismos, se sienten tan insatisfechos y con tanta infelicidad como cuando estaban en su antigua iglesia.

Otros abandonan la iglesia, no se unen a ninguna parte, y se dan cuenta que se les comprendió mal, que los rechazaron o los hicieron a un lado, por no conformarse a los sistemas aceptados por la tradición.

Los ministros renuncian a su ministerio y toman empleos seculares. Y dondequiera que vayamos, hay creyentes firmes en Cristo y en las Escrituras como la Palabra de Dios, que ya no están satisfechos con “asistir a la iglesia” y comportarse como si fueran buenos miembros de un club.

Las fallas humanas quizás tengan que ver con mucho de esto, pero hoy la gran mayoría de creyentes que no encuentran satisfacción en el “iglesismo” de hecho reciben la guía del Espíritu Santo, porque DIOS SÍ ESTÁ EN SU OBRA.

Esta es una visión total y absolutamente correcta de lo que se está viviendo. No digo correcta en su interpretación, (Cada uno puede tener la suya), pero sí en lo lineal, en lo conceptual e informativo de un modo objetivo.

Los caminos del Señor no son nuestros caminos (Isaías 55:8-9), y nos asombraremos al descubrir que Jesús se puede multiplicar, inclusive por medio de la división. Para muchos de nosotros esta es una experiencia traumática, pues el anhelo de nuestros corazones está en conflicto con mucho de lo que se acepta como un cristianismo “adecuado.”

Absolutamente real. Lo digo en mis libros publicados, sobre todo en el último que habla, precisamente, de cómo se vive una vida cristiana fuera de los templos que, por años, determinaron o no nuestro cristianismo o ateísmo.

Con toda humildad examinamos ansiosa­mente nuestros corazones delante del Señor, porque nos preocupa que en nuestro interior haya algo equivocado y malo. Después de años de estar a gusto con los conceptos tradicionales de la “religión” y de las iglesias cristianas, estamos confusos porque ya no nos podemos identificar más con los caminos antiguos y, al mismo tiempo, mantener una buena conciencia.

Nuestro hombre interior se rebela contra el sistema y sus estructuras, y en muchos de nosotros falta la seguridad de si es el Espíritu Santo quien nos dirige o si estamos en pleno engaño. Pero, ¡Tengamos ánimo! No nos encontramos solos.

Por todo el mundo el Espíritu Santo mueve los corazones para sacarlos de Babilonia y llevarlos a la Nueva Jerusalén. En todas partes vemos miles de cristianos confundidos, o infelices por alguna situación de sus iglesias, o por haber salido de la iglesia y preguntarse qué hacer después.

Mi viaje personal a lo largo de esta extraña ruta, comenzó hace casi veinte años, pero antes había pasado treinta años en el cristianismo tradicional. Este libro es un intento de ayuda a quienes están en el comienzo de ese camino y se ha escrito con la esperanza de ayudarles a encontrar un Jesús más fresco, muchísimo más vivo, como la única autoridad sobre el ser y función de su Cuerpo y de su Novia.

Si estás perfectamente contento con “tu iglesia” y te preguntas de qué trata todo esto, entonces, POR FAVOR, NO LEAS ESTE LIBRO… PORQUE NO SE ESCRIBIÓ PARA TI.

Peter Whyte

25 Victoria Drive, Highlands

Harare, Zimbabwe

INTRODUCCIÓN

La iglesia a la que pertenecemos puede ser aquella a la que asistieron nuestros padres, o aquella donde nacimos de nuevo, o una a la que fuimos atraídos por su predicador carismático, su doctrina, o quizás por sus cánticos y su alabanza.

Cualesquiera sean las razones, al final sostendremos las creencias del grupo al que nos hemos unido. Si asistimos a un instituto bíblico o a un seminario, nuestros conceptos, filosofías y ritos, se forman según los de esa escuela particular de pensamiento.

Pero, muy pronto, nos encontraremos incapaces de estar de acuerdo con millones de otros cristianos tan sólo porque su “indoctrinación” ha sido distinta de la nuestra. Aunque todos los creyentes han pasado del reino de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios, permanecemos divididos en miles de denominaciones y de grupos en desacuerdo.

Estas son las consecuencias de nuestros conceptos, ideas, y tradiciones. Necesitamos sostenerlos más ligeramente, es decir, con menos firmeza, y estar preparados para, cuando sea el caso, descartarlos por completo del todo, si queremos movernos con Dios.

Tremendo. Si cualquier cristiano más o menos considerado dijera algo así, inmediatamente sería expulsado casi sin juicio sumarísimo previo. Por blasfemo, o hereje, o insujeto o por todas las cosas juntas. Peter lo dice y para mí, es Palabra Confirmada y yo también lo digo. Somos dos. ¿O somos más?

Nuestros antecedentes ambientales, sean las normas de nuestra sociedad, las enseñanzas de otros, o nuestros estudios y lecturas de la Palabra, afectan toda nuestra vida y nuestro ministerio. De hecho, influyen en todas y cada una de nuestras decisiones y acciones.

En general, en nosotros hay la tendencia a tener sobre todas las cosas un punto de vista “popular.” Esta posición es compartida por la mayoría de los cristianos en nuestro círculo. Sin embargo, eso no garantiza que sea el punto de vista de Dios.

Pertenecer a una “iglesia” reconocida, con un edificio, un ministro “ordenado,” ancianos, diáconos, y estar comprometidos con todas las actividades que se asocian con el concepto popular de ser buenos cristianos, puede ser un engaño muy sutil.

Podemos ser engañados por esas actividades y pensar que son un comportamiento que agrada a Dios, cuando en realidad para Dios son de muy poca importancia, a menos que obedezcamos a su Hijo. En el monte de la transfiguración Dios habló audiblemente:

“Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mat. 17:5).

Cuando Dios ordenó a los discípulos “OIR” a Jesús, en realidad les mandó: “OBEDECER A JESUS.” Sin obediencia al Rey Jesús siempre estaremos impedidos y obstaculizados en nuestro crecimiento espiritual.

A esto que mi hermano White ha escrito tan acertadamente, habría que ampliarlo, incorporarlo a un letrero de grandes dimensiones y colgarlo en las paredes de todos los templos evangélicos del planeta. Y si digo evangélicos es porque siempre nos hemos preciado de respetar genuinamente la Palabra, cosa que otros credos por lo menos no dicen.

Permaneceremos siempre carnales, como hombres-bebés. Ninguna cantidad de conocimiento bíblico, ni de actividades religiosas, o de buenas obras, tiene importancia en el Reino de Dios si no obedecemos al Rey.

La observancia religiosa, es decir, la práctica rutinaria de la religión, no es la prioridad de los discípulos del Rey y su Reino. Jesús y sus primeros discípulos constantemente chocaron con los líderes religiosos, por no conformarse a sus tradiciones y a los patrones aceptados del comportamiento religioso.

Cuando Jesús vino a anunciar las Buenas Nuevas del Reino de Dios, la Biblia afirma en forma clara: ….Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Mar. 1:14-15).

El evangelio del Reino consiste simplemente en que se restaure el Gobierno de Dios, de manera que quienes creemos que hemos sido llamados, dejemos que el Rey reine sobre nuestras voluntades individuales libres.

Aquí, si has sabido leerlo, hay una palabra clave. Una palabra de la que todos quienes estamos en este mismo sentir valoramos mucho y que, por contrapartida, en las iglesias tradicionales se ve devaluada por desconfianzas incomprensibles e insostenibles: libre.

En todos y cada uno de los hijos de Dios existe el llamamiento a ser como Cristo en compañerismo amoroso y en sumisión a Dios, y a convertirse en “vencedor,” para participar en el Gobierno de Dios sobre la tierra.

Durante siglos satanás ha estado trabajando como ángel de luz para engañar a la Iglesia de Jesucristo. El engaño es su mayor arma, porque por medio del engaño nos mantiene en su ciudad espiritual de Babilonia, aunque seamos creyentes llenos del Espíritu que “ganamos almas” para nuestras iglesias.

¿Está claro, verdad? A eso le llamo yo nombrar a las cosas por su verdadero nombre y dejar de lado los eufemismos hipócritas con que nos hemos manejado durante años y años. ¿Es engaño y no errores involuntarios? Pues digamos engaño y se acabó Y hay más.

Babilonia representa el gobierno de satanás y es el nombre que Dios da en Apocalipsis para describir el reino de satanás sobre todo el sistema mundial, inclusive el sistema de las iglesias. El Espíritu Santo nos llama a salir de Babilonia y a entrar en la Nueva Jerusalén.

Este es el motivo para el gran “revolcón” en el Cuerpo de Cristo y la incapacidad en millones de nosotros para continuar con la “iglesia de costumbre.” Hay un gran sacudi­miento que tiene lugar una vez más a medida que Dios sacude la tierra. Y todo lo que hemos construido se quitará y se reducirá a escombros, hasta cuando lo único que permanezca sea el Reino de Dios.

Jesús enseñó que los terremotos, guerras, rumores de guerras, pestes, hambres, no son señales del fin, en cambio: …será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:14).

El evangelio del Reino sólo se está comenzando a entender en la segunda mitad del siglo 20. Aún estamos a un largo camino de ver que lo que Jesús llamó “este evangelio del reino” se predique para testimonio “en todo el mundo.” Casi todos los predicadores entienden muy poco de esto; por esto vemos a algunos de ellos con sus mentes sin renovar que discuten y pelean sobre su comprensión carnal del Reino de Dios.

Tal cual. Nadie podría haberlo explicado con mayor precisión. Siempre hemos dicho que lo que se estaba predicando y aún se hace en las iglesias tradicionales, no era el evangelio del Reino de Dios sino una especie de cosa moderada con la cual ya podías ingresar como miembro a una congregación.

Sin embargo, se oye “venir un estruendo por las copas de las balsame­ras” (1 Crónicas 14:15). El Espíritu Santo está sacando de los sistemas eclesiales a millones de cristianos y en todas partes se levanta callada y misteriosamente una Iglesia gloriosa.

Cantidades innumerables de pequeños grupos de cristianos que indudablemente son guiados por el Espíritu de Dios se reúnen sin necesidad de edificios, templos, bancas, declaraciones de fe, ministros profesionales, coros, compañías de danza, servicios fijos, equipos de sonido, ni comités de todas las cosas que son tan necesarias para perpetuar las iglesias en Babilonia. En lugar de las prácticas de la “religión cristiana,” una vez más el Señor nos enseña a entender EL CAMINO DE ESTA VIDA.

La Iglesia del Reino, la Iglesia que Jesús construye, es UNA IGLESIA, UNA CON EL SEÑOR Y ÚNICA EN CADA UNO. No guarda ninguna semejanza ni tiene ningún parecido con las iglesias, estructuras y organizacio­nes que los seres humanos hemos construido en todos los siglos pasados.

La Iglesia del Reino es la Iglesia de los Vencedores.

Generalmente fracasamos en ser vencedores porque de manera muy sutil nos han engañado al hacernos pensar que la base para pertenecer a una iglesia se encuentra en estar de acuerdo sobre las doctrinas. Esta es justamente una de las más exitosas mentiras de satanás. Debemos detener su perpetuación si la rehusamos y decidimos no volverla a aceptar más.

La Iglesia de Jesucristo existe porque es una familia con un mismo Padre. Existe de la misma manera que lo hace una familia natural, no porque todos sus miembros estén de acuerdo entre sí, sino porque tienen un mismo padre. El único criterio para ser miembro de la Iglesia de Jesucristo es ser uno de los hijos de Dios. Si Dios es nuestro Padre, entonces somos miembros de su Iglesia.

Todos estamos de acuerdo en que Jesucristo es Señor y creemos en Él, pero creer EN Él no es suficiente. DEBEMOS CREERLE A ÉL. Debemos creer TODO CUANTO DIJO Y OBEDECERLE A ÉL.

Antes que podamos entrar a la Nueva Jerusalén debemos regresar a esa simplicidad infantil que afirma: “SI JESUS LO DIJO, ENTONCES NO HAY DISCUSION Y PUNTO.” Sólo entonces podremos ser libres de las redes de las diversas doctrinas y tradiciones que nos mantienen en Babilonia y comenzar nuestro viaje a la Ciudad cuyo arquitecto, constructor y hacedor es Dios.

La Iglesia primitiva estaba formada por personas a quienes se había enseñado LA PALABRA DE CRISTO, es decir, todo cuanto Jesús dijo a sus discípulos que enseñaran. Debemos enfrentar la realidad que Jesús nunca ha cambiado sus instrucciones.

La vía que tenemos por delante es arrepentirnos de nuestros antiguos conceptos, doctrinas, tradiciones, y prácticas, si son contrarios a las palabras del Rey y, de una vez por todas, DAR A JESUCRISTO EL PRIMER LUGAR EN TODO.

Es tan simple y parece tan complicado. Así es esto. Falta todavía todo el libro en sí, pero lo dicho hasta aquí por Peter White encierra un argumento tan contundente que, solamente con ceguera espiritual no se podrá verlo en toda su magnitud.

Capítulo Uno

BABILONIA LA GRANDE

“3Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.

4Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; y en su frente un nombre escrito, un misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro.

7Y el ángel me dijo: ¿Por qué te asombras? Yo te diré el misterio de la mujer, y de la bestia que la trae, la cual tiene las siete cabezas y los diez cuernos” (Apocalipsis 17:3-7).

Para quienes oímos el llamado del Espíritu a “salir de Babilonia,” es esencial entender algunas verdades básicas sobre ella, de manera que podamos ver a través de los engaños de satanás.

El Apocalipsis pinta a Babilonia la Grande como una mujer vestida de púrpura y escarlata, adornada con oro y piedras preciosas y perlas. Ella es la falsificación satánica de la desposada del Cordero, la Esposa de Cristo, que es la ciudad de oro puro, la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:18).

Notemos que esa falsa mujer está adornada con oro, para cubrir la impureza debajo de la superficie, de manera que mientras se ve hermosa y genuina por fuera, no es la Ciudad Esposa de Dios, que es de oro puro por todas partes.

Al leer de esta ramera, frecuentemente fracasamos en darnos cuenta que su apariencia es tan parecida a la de la verdadera desposada, que nos engaña y nos seduce.

Claro que no es obviamente repugnante, sino por el contrario muy atractiva y con aspecto de suma inocencia. Tal como la Nueva Jerusalén, se adorna con perlas y piedras preciosas, y a nuestras mentes carnales nos parece ser demasiado sincera como para que sea falsa.

Esta es la razón para que mantenga en cautiverio a la vasta mayoría de los hijos de Dios. Fallamos en ver que las personas no son las falsas; lo falso está en el sistema, es decir, en la Ciudad Ramera, y en la mente sutil de satanás que todo lo controla.

La mujer está sentada sobre una bestia escarlata, llena de nombres de blasfemia que tiene siete cabezas y diez cuernos. La Biblia nos dice en Apocalipsis 17:9 que las siete cabezas son siete montes.

Muchos cristianos interpretan estas palabras para identificar las siete colinas de Roma; pero esto no es correcto. Cuando se escribió el Apocalipsis, la Iglesia Católica Romana ni siquiera existía, pero desde el primer siglo el Misterio de Babilonia ha estado en la obra de engañar a los creyentes.

Las colinas no son montes. Los montes simbolizan reinos o gobiernos. El versículo nueve se debe leer en el contexto del versículo diez, donde se nos dice que los siete montes son siete reyes. Así podremos entender que las cabezas representan siete reinos o sistemas de gobierno.

Es cierto que la iglesia de Roma constituye una parte muy grande del Misterio de Babilonia, pero lo mismo pasa con la iglesia Protestante y con la iglesia Ortodoxa. Esta gran ciudad, Babilonia la Grande, gobierna sobre todas las ramas del sistema eclesiástico en todo el mundo.

LA BESTIA ESCARLATA, SATANÁS, EL DRAGON ROJO, CONTROLA TODO EL SISTEMA MUNDIAL DE LOS GOBIERNOS Y DE LAS SOCIEDADES, INCLUSIVE EL SISTEMA RELIGIOSO.

Hay muy poco que agregar a esto, está muy claro. Sólo recordarte que cuando en la Biblia se habla del Fin, no se habla del Fin del Mundo, sino del Fin del Cosmos, que en realidad debemos traducir como Sistema. Mucho más claro aún, ¿Verdad?

Los diez cuernos son también diez reyes, dirigentes de gobierno, y su poder y autoridad sobre los hombres los emplea satanás quien los manipula y los usa, a medida que su sistema mundial abraza a todos y a cada uno de ellos, excepto a los que no aman el mundo.

Sin embargo, a pesar de eso, los diez gobiernos aborrecen a la ramera, las estructuras visibles del “iglesismo,” y la dejarán desolada y desnuda y la destruirán. Pero es Dios quien ha puesto en sus corazones hacerlo así, pues simplemente ejecutan los propósitos del Señor (Apocalipsis 17:17).

Esta ciudad mujer reina sobre los Reyes de la tierra, que son los hijos de Dios, y los mantiene cautivos por sus engaños. Controla toda denominación, toda organización eclesiástica que funcione de acuerdo con los patrones del mundo.

El método que Babilonia usa para engañar y controlar secretamente a los creyentes en Cristo, tiene sus raíces en el orden mundial, los sistemas, estructuras, organizaciones y tradiciones de la sociedad humana. El apóstol escribió:

“15No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15-16).

“Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19).

En estos versículos el término griego para “mundo” es “kosmos” (kosmoz) que se refiere a orden, arreglo, disposición. Esta palabra comprende todo cuanto los hombres han desarrollado para la conducción de sus sociedades, incluyendo aquí todo sistema de gobierno, educación, religión, leyes, economía, defensa, finanzas, negocios y diversiones o entretenimientos.

Es decir, todos los elementos de la sociedad están bajo el poder y el control de satanás. Al usar las normas de la sociedad para controlar nuestros conceptos, satanás sutilmente seduce a los hijos de Dios y les hace creer que los patrones del mundo han de ser las normas para la iglesia.

Aquí encuentras la respuesta a tus dudas en cuanto al por que la “iglesia”, en casi todas sus expresiones, no puede resistirse a la tentación de imitar a los métodos del mundo. No es casual, lo hace porque su comando real es el mismo que conduce a las cosas seculares.

El espíritu del mundo se manifiesta con toda su fealdad en las iglesias que se glorían en el tamaño de sus edificios, el número de sus miembros, sus riquezas y sus programas. Se puede ver en los servicios o cultos orientados hacia el hombre, en la predicación dirigida a impresionar o a entretener a la audiencia, en la música y cantos y en las presentaciones estelares, en la situaciones de tipo teatral que no son otra cosa sino el negocio del espectáculo arropado en envolturas cristianas.

Satanás nos mantiene cautivos en Babilonia al haber establecido en nuestras mentes la falsa idea que los patrones mundanos son aceptables y buenos para las iglesias.

La Biblia nos dice que hay tres áreas principales donde los hombres somos vulnerables.

1. Los deseos de la carne.

2. Los deseos de los ojos.

3. La vanagloria de la vida.

Estas áreas son instintivas, congénitas, en todos nosotros, en el plano natural, pero después de nacer de nuevo por el Espíritu de Dios recibimos poder para vencerlas. Sin embargo, sólo si usamos nuestra libre voluntad para obedecer al Espíritu Santo, podemos vencer esos deseos mundanos y rehusarnos a seguir en la aceptación de los patrones del mundo.

Uno de los objetivos principales de satanás es impedir que seamos guiados por el Espíritu Santo; cuando tiene éxito en este aspecto, hace que vivamos, nos comportemos y pensemos como el mundo.

Entre paréntesis: ¿Cuánto se parece a lo que aquí has leído lo que has visto hasta hoy en tu entorno religioso, cualquiera sea este y se radique en donde se radique? Es notable la facilidad de comprensión que hay cuando estás fuera, que contrasta con la enorme ceguera cuando estás dentro.

La Escritura nos exhorta a tener una renovación tal en nuestras mentes hasta cuando podamos pensar con la plenitud de la mente de Cristo (Romanos 12:2; Efesios 4:23). Solamente entonces podremos ver a nuestra sociedad y a nuestros sistemas religiosos con los ojos de nuestro Dios y Señor.

¡Esa era la renovación que Dios pedía en los años 90! ¿Y nosotros que hicimos mayoritariamente? ¡Renovamos los bancos, pintamos las paredes de los templos con colores más vivos, cambiamos viejos órganos por modernos teclados y sumamos percusión a la alabanza!

Para entender y escapar de Babilonia, debemos primero ver que los sistemas y estructuras de la religión tienen sus orígenes en la mente de satanás y que son tan parte del “kosmos” como toda otra faceta de la sociedad humana.

Consideremos cómo Satanás divide la humanidad con diferentes religiones e inclusive hace que los hombres peleen entre sí por sus creencias religiosas. No sólo provoca los conflictos entre religiones distintas como islamismo, hinduismo, catolicismo, judaísmo y otras, sino que dentro de cada religión divide a sus miembros. En toda religión hay sectas que combaten con otros seguidores y reina así la confusión; en consecuencia, Babilonia resulta triunfante.

En los primeros tres capítulos del Apocalipsis, el Señor dice, repetidamen­te: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” También afirma que sólo los vencedores podrán entrar a la Nueva Jerusalén.

¿Esto vendría a cambiar radicalmente nuestros viejos y clásicos conceptos sobre la salvación y todo lo demás? No lo sé, no creo tener la suficiente luz y revelación, más autoridad delegada como para aseverar una cosa u otra. Pero si fuera tú, me pondría a escudriñar y a orar al respecto.

Es responsabilidad individual de cada uno de nosotros vencer al mundo, y oír el llamado del Espíritu Santo y de la Esposa para salir de Babilonia. Podemos estar seguros que este llamado se hace a creyentes en Cristo, llenos del Espíritu, que pertenecen a diversas iglesias, pues el Apocalip­sis sólo se nos dirige a nosotros, no a quienes están por fuera del Cuerpo de Cristo.

Quienes no salgan de la ciudad ramera participan en sus pecados y reciben de sus plagas, cuando Dios use a los diez reyes para destruirla. La iglesia visible, organizada en sus estructuras, que controla a los santos con métodos mundanos, va a ser derribada y perseguida por los líderes y gobiernos del anticristo.

¿No hemos visto a uno de esos reyes que obra en China en el siglo XX? Ahora, después de la destrucción de las iglesias rameras y de la matanza de muchos santos en las décadas pasadas, vemos a un “nuevo rey” o gobierno que acepta y hasta recomienda a los creyentes que vivan fuera de Babilonia.

También vemos a muchos cristianos chinos que no quieren regresar a los edificios y organizaciones llamadas “iglesias,” a las que su gobierno ya no desdeña más. Después de experimentar la VIDA en el Espíritu, fuera de Babilonia, no están interesados en volver a ella.

Hay sitios en donde era tanta la persecución y las denuncias que, cuando terminaban de reunirse, no se ponían de acuerdo cuando y donde sería la próxima, ya que indefectiblemente la policía siempre se enteraba. Dejaban que el Espíritu Santo lo dispusiera, ordenara y comunicara a cada uno. De más está decirte que el día de reunión estaban todos en el mismo lugar, a la misma hora y con el mismo aviso misterioso recibido.

Apocalipsis 18 describe el juicio que viene sobre Babilonia la Grande, esa monstruosa ciudad espiritual que falsifica a la verdadera Esposa de Cristo y que engaña y mantiene cautiva a toda la familia de Dios. Hace que los mercaderes de la tierra se enriquezcan de la potencia de sus deleites (v. 3).

Hace que nosotros, los reyes de la tierra, los hijos reales de Dios, vivamos con ella en adulterio, en lugar de vivir con nuestro Esposo, Cristo. Casi todos nosotros estamos tan engañados que en verdad lloraremos y lamentaremos sobre ella y por su causa, cuando la veamos destruida (v. 9). Pero el Señor nos exhorta a alegrarnos de su destrucción (v. 20).

En muchas iglesias la comodidad y la prosperidad de los miembros son de capital importancia. Edificios lujosos con aire acondicionado, donde se instalan asientos de terciopelo y sistemas de sonido de alta tecnología, perpetúan el sistema de la Ramera. Los versículos 12 y 13 describen la riqueza material con la que tratan, así como el manejo de los cuerpos y las almas de los hombres. Por esto se nos advierte desde los cielos:

“4…Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; 5porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades” (Apocalipsis 18:4-5).

Como resultado del juicio de Dios, Babilonia la Grande será derribada con violencia (v. 21), y en ella no se oirán más las voces de esposo y esposa (v. 23).

Lo más triste de todo es el hecho que en la destruida ciudad ramera se encuentra “la sangre de los profetas y de los santos” (v.24), que son los creyentes verdaderos que nunca entendieron la falsificación. Posiblemente una inmensa mayoría de hijos de Dios ha muerto, y quizás ha de morir aún, sin entender jamás el mayor engaño que satanás ha usado para vencer a los santos.

Necesitamos tener conciencia de cuán atractiva y seductora para nuestras mentes es la iglesia ramera. De manera obvia en su apariencia no es repulsiva ni errada, porque es una muy buena falsificación de la Esposa.

Es una imitación tan bien hecha que engaña a la mayoría. Mantiene a los preciosos hijos de Dios en su poder y sólo por la misericordia de Dios, el Señor abre nuestros ojos espirituales para que veamos a través del engaño.

Esto es importante enfatizarlo, repetirlo y clarificarlo una y otra vez aunque más no sea hasta el cansancio. Nadie descubrirá a Babilonia por su inteligencia, su formación profesional o su doctorado en teología. Si no viene una luz divina producto de la misericordia de Dios para con tu fidelidad y obediencia, ni tú, ni yo ni el autor de este trabajo lo hubiéramos podido ver.

También es indispensable comprender que Dios en sus propósitos soberanos ha permitido que la bestia domine a la Iglesia por muchísimos centenares de años, pero ese período ya toca a su fin con la predicación del Evangelio del Reino de Dios. Esto se profetizó por primera vez cuando los judíos estaban cautivos en Babilonia:

“21Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos, y los vencía, 22hasta que vino el Anciano de días, y se dio el juicio a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino” (Dan. 7:21-22).

Vivimos ahora en el tiempo cuando muy lentamente la Iglesia despierta al hecho que el plan de Dios para nosotros consiste en que gobernemos y reinemos en vida. Vamos a estar bajo el gobierno de Dios y luego seremos parte de ese gobierno, cuando hayamos aprendido a ser vencedores.

De ahí la razón para que hoy el Espíritu nos llame fuera de los tipos tradicionales de iglesias, en tan grandes cantidades. Jesús desarrolla a quienes tienen oído para oír, de manera que gran número de nosotros pongamos activamente a los enemigos del Señor bajo sus pies, como preparación para su regreso. Los vencedores han de ser parte de la Esposa que se alista.

Durante muchísimos años la Iglesia ha consistido de creyentes débiles y sobre todo inmaduros, mientras muy pocos han caminado como vencedores. Bajo las cadenas de los enormes engaños de Babilonia la Grande, simplemen­te evangelizamos a muchas personas que se han añadido a nuestras cifras, dentro de la ciudad ramera. Como los judíos en su cautividad babilónica, somos hijos queridos de Dios que reproducen su nación y aumentan su cantidad, pero que se mantienen atados en su esclavitud.

Lo más triste de todo esto que es estrictamente cierto y real donde quiera que lo busques, es que toda esa debilidad e inmadurez no sólo no ha sido exhortada por los líderes de turno, sino que incluso ha sido incentivada, ya que de ese modo se favorecían en lo personal y ministerial.

Para confirmar la profecía de Daniel, Dios nos hace saber de nuevo en el Apocalipsis que Él permite al enemigo vencer a sus santos con el resto de la humanidad sobre la tierra. Tal es el tremendo resultado de nuestra sumisión al sistema del mundo y la consecuencia de nuestro fracaso para derrotarlo.

La bestia de Apocalipsis 13 es la misma sobre la cual se sienta la ramera de Apocalipsis 17. El sistema mundial de Satanás es la bestia que blasfema contra Dios y contra el Cuerpo de Cristo y HACE GUERRA CONTRA LOS SANTOS Y LOS VENCE.

“7Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación [la bestia opera todos los sistemas mundiales de gobierno]. 8Y la adoraron TODOS los moradores de la tierra CUYOS NOMBRES NO ESTABAN ESCRITOS EN EL LIBRO DE LA VIDA DEL CORDERO que fue inmolado desde el principio del mundo. 9Si alguno tiene oído, oiga” (Apocalipsis 13:7-9).

El “todos los moradores de la tierra” se refiere solamente a aquellos “cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida” y no incluye a los creyentes en Jesucristo.

La “adoración” a la bestia implica el amor que algunas personas tienen al “kosmos” más que a Dios. Necesitamos examinar con todo cuidado los objetos de nuestro amor, de manera de no engañarnos al pensar que podemos amar las cosas del mundo sin que al mismo tiempo adoremos a Satanás involuntariamente. El amor al dinero, al poder, el orgullo de las posiciones, el materialismo y los placeres sensuales, son abominaciones a los ojos del Señor.

Revisa lo que está viviendo tu iglesia, hoy. Por mejor que sea o parezca, por consagrado y santo que parezca tu pastor. Si hay amor por el dinero más que administración correcta, lucha por posiciones y pecados relacionados con la sensualidad, mucho me temo que estás en babilonia aunque tú creas que es la Nueva Jerusalén. Engaño.

Cuando comenzamos a contar el número de los que nos sostienen o nos pertenecen, y anunciamos a cuántos hemos salvado, liberado o sanado o cuántos asisten a nuestros servicios, campañas o reuniones evangelísticas entonces, sin duda, manifestamos el orgullo y “la vanagloria de la vida.”

¿Cómo decide una congregación traer a un determinado evangelista itinerante para ministrar y predicar en sus campañas? Tomando conocimiento en primer término de los números que acompañan el ministerio de ese hombre. ¿Unción? No interesa, no es visible.

Cuando construimos el edificio para una “iglesia” y organizamos su membresía, simplemente levantamos otra torre de Babel. Cuando nos vestimos muy bien para asistir a las reuniones o adornamos el edificio de la iglesia y lo llenamos con comodidades de criaturas para nuestros “miembros,” entonces le damos gusto a “los deseos de los ojos y a los deseos de la carne.”

EL REINO DE DIOS NO VIENE CON SEÑALES QUE SE PUEDAN OBSERVAR. SOLAMENTE SE PUEDE VER A BABILONIA.

El Reino de Dios es invisible a los ojos de la carne, pero los ojos del Espíritu lo ven y lo entienden, pues es el reinado de Dios en el corazón de los creyentes. El comportamiento religioso se puede ver, pero solamente el Espíritu sabe si en realidad Dios gobierna en un corazón.

Ejemplo: ¿Permitirías predicar en tu iglesia a alguien que fuma? ¿No, verdad? Es de mal testimonio, queda feo y además es un pecado en contra de su propio cuerpo. Correcto. ¿Y a alguien que esté en un adulterio que nadie conoce? Y… claro…si no se sabe. Basta. Juzgas por lo que ves y no por lo que el Espíritu te muestra.

Babilonia la Grande es, sin embargo, mucho más falsa e insidiosa que nuestras organizaciones, denominaciones, iglesias y estructuras visibles. Su nombre está escrito en nuestras frentes, pues ha penetrado en nuestras ideas y ha corrompido nuestro pensamiento.

La tradición nos “ha lavado el cerebro” de tal manera, que no podemos imaginarnos cómo vivir la vida cristiana sin ella. Aunque hayamos dejado una de sus torres visibles, nos uniremos a otra o, todavía peor, comenzaremos a construir una nueva.

Sólo cuando renovemos nuestras mentes y hayamos ejercitado nuestras libres voluntades (libre albedrío), para borrar el nombre de Babilonia de nuestras frentes, podremos escapar de la ciudad ramera.

En este proceso un paso esencial es comenzar a cuestionar las tradiciones y prácticas que aceptamos y hemos seguido ciegamente desde el pasado, e investigar y aprender de sus orígenes. También necesitamos considerar toda palabra dicha por el Rey Jesús y comparar sus instrucciones y enseñanzas con lo que hemos aprendido de nuestros maestros espirituales y de nuestros líderes religiosos.

Cuando nuestros corazones y nuestras mentes estén puestos en obedecer la Palabra de Dios, debemos aprender que el único cimiento firme sobre el cual se puede construir es Jesucristo, y que toda palabra que salió de sus labios y está registrada en las Escrituras, es la Palabra de Dios, de importancia capital para que la debamos oír y, sobre todo, obedecer.

Tal cual lo dice el autor aquí, así es. Ahora bien; ya lo sabes: cuando comiences a poner en práctica todo esto que aquí se te sugiere, el mismísimo “infierno santo” se levantará en tu contra. ¿Estarás dispuesto o dispuesta a pagar el precio de tu reputación arruinada y todo lo que eso conlleva dentro del tejido social de lo que hasta ayer fue “tu iglesia”?

Capítulo Dos

ORGANIZACIÓN Y ESTRUCTURA

Sin estructura ninguna organización puede existir o ni siquiera funcionar. Casi todas nuestras iglesias, en una forma o en otra, son organizaciones religiosas y deben tener estructuras para mantener y perpetuar sus existen­cias; no obstante, Jesús nunca comenzó ninguna organización religiosa.

Entonces, ¿cómo reconciliamos nuestros conceptos de iglesia hoy con el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo y sus apóstoles?

Como nuestro Rey es el primogénito de muchos hermanos, el primer Apóstol, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Pastor y nuestro único Señor y Maestro, entonces, ¿por qué su ejemplo no se sigue hoy?

Jesús nunca se hizo llamar Reverendo, ni se vistió con ropas especiales para hacer saber a todos que era un siervo de Dios, ni construyó un edificio donde dirigir sus servicios, ni sugirió que sus discípulos diezmaran para El, ni jamás tomó una ofrenda en sus reuniones.

Antes de su ministerio público trabajaba como carpintero para sostener a su madre y a sus hermanos y hermanas menores, después de la muerte de José, su padre. Tampoco estudió bajo los rabinos en Jerusalén, cuyas escuelas eran en su época el equivalente de los seminarios o institutos bíblicos actuales. Desde la edad de doce años, hasta cuando tenía cerca de treinta, vivió y trabajó en una pequeña aldea, pero TENIA COMPAÑERISMO CON DIOS EL PADRE.

Estoy tan en desacuerdo como Peter respecto al aprovechamiento ambicioso por parte de muchos supuestos siervos respecto a los diezmos y ofrendas de su congregación, pero respecto a Jesús hay algo que no quedó del todo claro.

Es bien cierto que Él jamás salió a pedir ofrendas a nadie y que tampoco se pasaban canastos o bolsas en lo que eran sus reuniones, pero el grupo que lo acompañaba y Él mismo contaban con dinero que no se aclara de donde provenía, aunque no sería raro que fuera de alguna de la gente que los escuchaba o se beneficiaba con sanidades o liberaciones.

¿Por qué tengo certeza de esto? Porque dice la Escritura que Judas Iscariote, el que luego sería traidor, era el “encargado de la bolsa”, en referencia a una bolsa con dinero. Esto significa que Judas era el tesorero de ese grupo.

Eso ya nos dice que ellos poseían dinero que de alguna parte les había llegado. Pero no es todo. También añade que Judas robaba de esa bolsa sin que ellos lo advirtieran, lo cual nos hace entender que la cantidad que había en esa bolsa no era pequeña, ya que nadie roba una moneda, si sólo hay dos, sin que nadie lo advierta.

Durante dieciocho años fue un miembro honorable, industrioso y dedicado de su comunidad, donde creció “…en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52). Cuando finalmente comenzó a enseñar:

“Se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” (Jn. 7:15).

No es sorprendente que los judíos se maravillaran porque aquí tenemos a Uno que sin haber pasado por sus métodos religiosos de instrucción, vino a convertirse en su maestro. Es obvio que Dios no necesita preparar a sus siervos por medio de los sistemas religiosos del mundo, a fin de producir un Apóstol, Profeta, Sacerdote y Rey.

Si consultamos al Espíritu Santo y obedecemos las enseñanzas de Jesús, descubriremos que tener un compañerismo íntimo con Dios es el mejor modo para convertirnos en discípulos del Rey y su Reino.

Infortunadamente el mundo ha influido a la Iglesia hasta tal punto que sólo nos sentimos seguros cuando pertenecemos a alguna organización o estructura visible y, sobre todo, cuando hay una cadena de mando claramente definida.

Antes que podamos ser liberados de la falsa creencia que para seguir a Cristo uno debe ser miembro de determinada organización religiosa, estricto en sus pagos, debemos entender los orígenes y propósitos de las organizacio­nes y de las estructuras.

Como Jesús creó todas las cosas, también creó las organizaciones y las estructuras. Se debe decir que las hizo muchísimo antes de crear al hombre, y que las diseñó para las huestes celestiales. Antes que los seres humanos existieran, los principados, las dominaciones, los tronos, las potestades, los gobernadores y todas las demás autoridades existían ya en los lugares celestiales. Para todos ellos Dios creó el sistema de “cadena de órdenes.”

Los ángeles se dividían en tres grandes grupos, cada uno dirigido por un arcángel. Tan grande era la autoridad de estos tres seres sobre sus huestes, que cuando se rebeló uno de ellos, Lucifer (= Lucero o Satanás), y fue expulsado de la Presencia de Dios, todos los ángeles que se encontraban bajo su mando, se fueron con él. Llegaron a la tierra y, desde el plano espiritual invisible, corrompen, influyen y procuran destruir al hombre, que es la más preciada obra de las criaturas hechas por Dios.

Los hombres y las mujeres fueron creados por Dios a su imagen y en su semejanza. Somos creados para ser como Dios, con libertad total de elección, creados para gobernar y no para ser dirigidos por satanás y los espíritus del mal, o por cualesquiera otras cosas que viven y se mueven sobre la tierra.

“Y los bendijo Dios [al hombre y a la mujer], y les dijo: Fructifi­cad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gén. 1:28).

Cuando Eva y Adán cayeron, rechazaron el Reino de Dios (el Gobierno de Dios) y abrieron el camino para que satanás introdujera su gobierno. Que sólo opera por una estructura y organización de tipo piramidal, con órdenes que van de arriba hacia abajo.

La primera mención de un reino en la Biblia se refiere al establecido por Nimrod cuando fundó la ciudad de Babel (= Babilonia), según Génesis 10:8-10. Este fue el comienzo de los reinos de este mundo. Y luego, muy gradualmente, satanás introdujo su sistema babilónico de gobierno hasta tener a todo el mundo bajo la organización de sus estructuras sistematizadas.

Por medio de toda la historia del Antiguo Testamento vemos justamente cómo Dios desea un pueblo para El. Un pueblo que en forma por completo voluntaria se someta a su muy distinto tipo de gobierno, que funciona tan sólo con base en una relación de amor.

Es un amor que se origina en la Santísima Trinidad, fluye de modo incesante entre sus miembros, de ellos pasa a nosotros y regresa a Dios, de quien sale a los espíritus de aquellos que han descubierto el gozo de servir a los demás y así glorificar a nuestro Creador.

Las estructuras de tipo autoritario, hasta las más sutiles que se puedan diseñar, son como dictaduras y tienen sus orígenes en el reino de satanás y se oponen al Reino de Dios.

No es ninguna novedad esto, tanto para nosotros como para nuestros lectores. Sin embargo, es bueno que alguien extraño a este ministerio lo diga, ya que de otro modo siempre cabe la posibilidad de algún resentimiento personal, enojo o rencor carnal. Palabra más confirmada que nunca.

Cuán triste debe estar nuestro Padre celestial al ver a sus hijos en las redes del sistema babilónico de gobierno y a los líderes que usan versículos de las Escrituras para promover sus conceptos mundanos de autoridad y sumisión.

Como a las religiones organizadas las controlan leyes similares a las de los gobiernos en el mundo, producen estatutos y declaraciones de fe, temas sobre los cuales todos deben estar de acuerdo y obedecer, si quieren calificar para que los consideren como posibles miembros.

Muchos cristianos bien intencionados, sin darse cuenta que viven en Babilonia, abordan a otros con preguntas como: “¿A qué iglesia perteneces?” o “¿A quién te sometes? ¿Quién es tu líder?”

Sus conceptos son tan mundanos que cuando cualquier otro miembro deja de inclinarse ante una jerarquía o no está de acuerdo con determinadas creen­cias o prácticas, inmediatamente lo aíslan o, mucho peor, con suma frecuen­cia lo rechazan.

Los resultados de este comportamiento son: “miembros perdidos,” divisiones, rupturas, brechas y grandes penas. Además por todas partes hay confusión, Babilonia reina, y el Reino de Dios se divide contra sí mismo.

Cuando Jesús llegó con su evangelio del Reino de Dios, vino a dar libertad a los cautivos del gobierno babilónico que había envuelto al pueblo de Dios y que había inundado e imbuido todo su sistema religioso.

En los primeros años la Iglesia era la familia de Dios, una comunidad redimida dentro de toda otra comunidad, sin estructuras, ni edificios especiales, ni oficinas centrales, ni estatutos, ni declaraciones de fe, ni jerarquías, ni juntas directivas, ni juntas misioneras, ni fondos para edificios, ni papas, ni arzobispos, ni sacerdotes, ni monjas, ni cuerpos gobernantes, ni presbiterios, ni reuniones de damas, ni ancianos, ni consistorios, ni escuelas dominicales, ni concilios, ni organizaciones paraeclesiásticas y sin todo aquello que se asocia hoy con el “cristianismo apropiado.”

Todas esas cosas parecen muy importantes a las mentes naturales de los hombres, pero son por completo irrelevantes en el Reino de Dios. Jesús es más que capaz de construir su Iglesia sin ellas que, de hecho, sólo son un obstáculo para El.

En la Iglesia primitiva todos experimentaban la verdadera vida de iglesia. A ninguno de los jóvenes se le enviaba a una escuela especial para aprender sobre Dios y su Palabra. Su escuela era la comunidad donde estaban -la familia de Dios- todos los creyentes en una localidad.

Los apóstoles venían y vivían en ese lugar, y allí trabajaban para sostenerse por meses y hasta por años. Los apóstoles formaban a Cristo entre los discípulos al vivir con ellos, al demostrarlo a Él y al enseñarles a hacer todo cuanto Jesús les había ordenado.

Luego se iban y dejaban la iglesia local para seguir sus propios caminos bajo la guía del Espíritu Santo. Ni siquiera tenían biblias para enseñar. Tampoco nunca se envió a ningún pastor desde una Oficina Central para dirigir y enseñar a la nueva iglesia.

Lentamente, a veces con muchos sufrimientos, por varios años, se formaban las vidas y dentro de esas comunidades, DIOS comenzaba a levantar apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. El Espíritu Santo decidía los asuntos. Nunca hubo “ceremonias de grado” para producir “ministros del Evangelio,” que pasarían a ser “Reverendos o Pastores,” al aprobar los exámenes.

Las gentes, esas personas ordinarias a quienes las Escrituras llaman la Iglesia, comenzaron a reconocer los ministerios que funcionaban en su interior y decían: “Dios nos ha dado un pastor, un profeta o una profetisa.” Estas palabras no son títulos, sino que con toda sencillez describen determina­das funciones de ciertos creyentes a quienes sólo Jesús puede dotar y capacitar.

Esto coincide con lo que se expresa de la palabra original que se traduce como pastor, que es poiman o poimano, y que da a entender que más que un título, como luego lo hemos tomado, en realidad se trata de una función. Por lo cual, no existiría tal cosa como un pastor sin congregación ni iglesia.

El pastor o el profeta, o cualquier otro don del Cristo resucitado no se convertía en “parte del clero,” sino simplemente funcionaba como parte del cuerpo, ni mejor ni más importante que la joven creyente que lavaba los pisos. ALLÍ NO SE OLVIDABAN LAS PALABRAS DE CRISTO:

“26Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor, 27y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; 28como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:26-28).

A todos los creyentes de un pueblo determinado se les conocía colectiva­mente como la iglesia. Sólo se agregaba el nombre del pueblo para identificar a los creyentes según la localidad; así tenemos la iglesia de Corinto, Roma, o Jerusalén. Desde el punto de vista individual se les conocía como discípulos, no como miembros de tal iglesia.

Después de muchos años satanás introdujo el falso concepto que al edifi